Quevedo al leer no se reía; su acento al leer era el de un profundo crítico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por decirlo así, con la inflexión del acento, con la acentuación particular de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por lo serio.

Cervantes, leído por Quevedo, ganaba; el chiste se hacía irresistible; la joven se reía con toda su alma.

Se nos olvidaba decir que la joven tenía en la mano derecha, abandonada sobre la falda, un cuaderno de papel en que se veían escritos versos.

A la cabeza de aquellos versos se leía:

«Doña Estrella en la Estrella de Sevilla».—Dorotea.

Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega.

La que le tenía en la mano, era sin disputa una comedianta.

El papel revela su nombre.

Era Dorotea.

La querida pública del duque de Lerma.