La amante particular de don Rodrigo Calderón.

La mujer que tenía con el tío Manolillo unas relaciones, un punto de contacto que nadie podía calificar.

Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban allí; los dos en representación, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los representados á Cervantes y cautivando en favor de éste la atención de Dorotea en daño del otro representado, de Lope de Vega.

—Yo os daba durmiendo dijo—el tío Manolillo—y á ti estudiando, holgazana—añadió dirigiéndose á la joven.

—Gracias á mi buen Miguel que me he encontrado por ahí, no duermo, ni Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para escucharle. ¡Qué ingenio! se entiende, cuando no se trata del Pérsiles. Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi buen amigo—añadió Quevedo cerrando el libro y dejándolo sobre la cama—, ¿traéis con vos á ese sujeto?

—Tráigole por los cabezones.

—¿Cómo tal? ¿por los cabezones venís cuando yo os llamo, amigo Juan? Entrad, entrad, amigo mío, la dueña de la casa es una moza demasiado valiente para asustarse, porque vos entréis en su alcoba.

—Decís bien, y tanto más, cuanto me habéis curado de espanto apoderándoos de mi lecho; ¿qué pensarían de mí, si las gentes os vieran?

—Que estoy cansado. ¿Pero qué hacéis que no entráis, amigo Juan?

—Entrad, entrad, caballero—dijo Dorotea levantándose—; esta casa es muy vuestra.