Y levantó la otra cortina que el bufón no había levantado.
Al ver á Dorotea Juan Montiño, y al ver á éste Dorotea, sucedió una cosa singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresión. La sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de sorpresa.
No esperaba ver una mujer tan hermosa.
Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura.
El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño.
—¡Ah!—dijo el bufón.
—¡Oh!—dijo Quevedo.
—Pasad, caballero, pasad—dijo Dorotea ya perfectamente serena.
Juan Montiño entró en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa.
—¿En qué nido le habéis encontrado, amigo Manolillo?—dijo Quevedo.