—La enamoraré.

—¡Callad! ó más bien... ¿y qué tal, qué tal os fué el último año en Alcalá?

Dorotea acababa de entrar en la sala.

—¡Cómo! ¿este caballero es estudiante?—dijo dejando sobre una mesa dos botellas.

—Y de teología—dijo Quevedo.

—¡Estudiáis para clérigo!—dijo haciendo un mohín de repugnancia la comedianta, á tiempo que salía Montiño de la alcoba.

—Ha ahorcado los hábitos—dijo Quevedo saliendo tras Montiño.

—¡Ah! he ahí una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver á un ahorcado sin tener malos sueños.

—¿Y qué diablos hacéis ahí, hijo Manolillo, doblado y redoblado?—dijo Quevedo.

—¡Ah!—exclamó el bufón, como un hombre que despierta—; pensaba.