—Lo confieso.

—¿No me habéis recibido por maestro?

—Sí.

—Pues obedecedme.

—Bien quisiera, pero tengo el corazón lleno.

—¡Alma de niño! ¡majadero incorregible! doña Clara Soldevilla es el corazón, esta mujer la cabeza.

—¡Ah!

—¿Me habéis comprendido?

—¿Pero tan importante es esta mujer?

—No lo sé, pero pudiera serlo.