La negra, que traía una mesa ayudada por un lacayuelo, contestó sobre la pregunta de Quevedo:
—Vuesamercedes almozarán salmón fresco, pollas asadas, pastelones negros, pichones ensopados, tortas de dama...
—Basta, basta, y aun diré que sobra, aunque tengo un apetito de gigante encantado.
—Pues sentémonos—dijo Dorotea—; ¿y vos, tenéis también apetito?...
—Está enamorado...
—¡Ah!—dijo con cierto disgusto la Dorotea.
—Enamorado de vos.
—¡De mí!—exclamó riendo la comedianta.
—¡Cosas de Quevedo!—dijo Montiño terriblemente contrariado.
—No, no por cierto... cosas de Dorotea.