—¡Porque soy una mujer perdida!—dijo la Dorotea—, y se cubrió el rostro con las manos.

—¿Pero quién ha dicho eso?—replicó Montiño acercándose á ella y apartándole suavemente las manos de sobre el rostro.

—Lo digo yo.

—Pues decís mal, señora; yo os creo una mujer virgen.

—¡Ah, explicadme... explicadme eso!

—La explicación es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo decíais, vos misma habéis confesado que no habéis amado nunca.

—¿Y lo creéis?

—Lo creo.

—¿Y no teméis engañaros?

—No.