—Mienten... mienten mis ojos... vamos... será necesario que nos separemos.
—¿Sabéis que es muy dichoso don Rodrigo Calderón?
La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdén á un tiempo.
—No me nombréis ese hombre—dijo.
—¡Bah! ¿pues no le amáis?
La Dorotea fijó una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada á un tiempo en Juan Montiño; extendió hacia él un magnífico y mórbido brazo, y estrechando una mano del joven, le dijo:
—Os suplico que me dejéis sola; yo os disculparé con don Francisco.
—¡Qué! ¿tanto os enoja que yo continúe á vuestro lado?
—No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, ¿no lo véis? estoy avergonzada.
—¡Avergonzada! ¿y por qué?