—Mirad—dijo Dorotea inclinándose hacia Montiño y fijando en él sus grandes ojos—; el duque me importa lo mismo que esto—y tomó un pedazo de pan y le desmigajó de una manera nerviosa—. Cuando tenía hambre... deseé brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acepté con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque.

—¡No le necesitáis ya!

—No necesito alhajas ni brocados.

—¿Los tenéis?

—Jamás se tienen, porque hoy se lleva uno y mañana otro. No es eso...

—¿Pues qué es?...

—Dejadme hablar; me habéis nombrado á don Rodrigo... don Rodrigo me da hastío, como eso.

Y señaló una copa que estaba llena de vino.

—Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversación de amores en que sin saber cómo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni por don Rodrigo, sino por vos.

—¿Por mí?...