—He dicho mal; he debido decir por mi suerte.

—Explicáos, porque no os entiendo bien.

—Yo no puedo ya amar.

—El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen.

—¡Oh! no me digáis eso... porque sería muy desdichada... dejemos, dejemos más bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida; ¿queréis que os cante la canción que he estudiado para esta tarde? seréis el primero que la oiga... lo que no es poco favor—añadió sonriéndose—; así nos distraeremos los dos... vaya... ¡si esto parece una brujería!

Y Dorotea se levantó, tomó un arquilaúd que estaba sobre un sillón, se sentó junto á la ventana, templó el instrumento, preludió con maestría algunos instantes, y luego cantó con una voz fresquísima y de un timbre admirable, la siguiente seguidilla:

Como el amor es ciego
por tener ojos,
en los tuyos se esconde
dulces y hermosos:
y al esconderse,
el traidor con tus ojos
me da la muerte.

—Cantáis... no sé cómo deciros...—exclamó Montiño—como un ruiseñor es poco, y como un ángel... lo ha dicho todo el mundo.

—¡Gracias! ¿Creéis que gustaré esta tarde?

—Si los del patio sienten lo que yo he sentido...