-¡Ah!

—Habéis cantado como el amor... y esos ojos que cantáis, son vuestros ojos.

—¿Sabéis que tarda demasiado don Francisco?

—Mejor; de ese modo no estorba.

—Haréis que me enoje... Sois muy poco generoso.

—¡Señora!

—¿Pero no comprendéis que os estoy pidiendo treguas?

—Pues bien, señora mía; yo sólo puedo concederos una cosa.

—¡Ah, ya me dictáis condiciones!

—¡No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicéis el alma.