Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el paso.
—Y dígame ucé, señor soldado—dijo con impaciencia el jinete—, ¿por qué no puedo seguir adelante?
—Ser estas las capayerisas de su majestad—contestó el centinela.
—Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?
—Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese cabayo.
—¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras entradas del alcázar?
—Mi non saperr eso.
Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.
—¡Y á dónde diablos voy yo!—dijo hablando consigo mismo el jinete—: mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el pobre Cascabel, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!
Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á tierra.