—¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo?

—Mi non entender de eso—contestó el soldado—, volviendo á su paseo.

—Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos—dijo una voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las yeguas del rey, amigo?

Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo, con la librea de palafrenero del rey.

—Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo, bergante—dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra—, me alegraría mucho.

—¿Y por qué os alegraríais, amigo?

—¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.

—Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo para correr liebres—dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la canalla palaciega.

—Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros dar una carrera en pelo—contestó el incógnito, que aún permanecía embozado—, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno de los que tropezó violentamente el que huía.

El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero.