—¡Os ha traído don Francisco!...

—No creí yo que alguna vez fuese para mí una desgracia mi amistad con Quevedo.

—¡Ah! Quevedo es tal que no sólo no puede confiarse en él, sino que tampoco de una persona con quien él haya hablado tan sólo dos veces.

Montiño estuvo á punto de decir á la comedianta que Quevedo tampoco se fiaba de ella.

Pero se contuvo á tiempo, y siguió aquel papel de enamorado que no le era difícil representar, porque además de ser hermosa Dorotea, estaba embellecida por una sobreexcitación profunda, dominada por el no sé qué misterioso que emanaba para ella de Juan Montiño.

Podía decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se llama cuarto de hora de la mujer, por el joven, dominada por él.

Montiño tenía fijas en la memoria las palabras de Quevedo: «De estas mujeres se triunfa á primera vista ó nunca». Y aquellas otras: «Interesa á la reina que enamoréis á esta mujer».

Juan Montiño desempeñaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba locamente enamorado de doña Clara, la comedianta tenía para él, en la situación en que se encontraba, un encanto irresistible.

Montiño la veía luchar con una fascinación amorosa.

La veía sufrir.