Al sentir el brazo de Juan Montiño, se alzó como se hubiera alzado la mujer más pura.
—Me estáis tratando mal—dijo,—me estáis haciendo daño... daño en el alma. ¿Trataríais de este modo á la mujer á quien quisiérais para vuestra esposa?
—¡Ah!—exclamó Juan Montiño sorprendido.
—No, no he querido decir que yo os ponga por condición para amaros que seáis mi esposo: sé demasiado que yo no puedo aspirar á ser la esposa de un hombre honrado... pero os quisiera ver tímido, respetuoso, dominado por mí como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no sé lo que quisiera... que os bastara con amarme. ¡Oh, Dios mío; pero yo estoy diciendo locuras!
Y se volvió á sentar, y el joven volvió á rodear su cintura.
Por aquella vez Dorotea se puso pálida, se estremeció, pero no se atrevió á desasirse de los brazos de Montiño.
—Tengo sed—dijo el joven.
—¡Sed!—dijo la Dorotea bajando hacia él sus grandes ojos medio velados por la sombra de sus largas pestañas y dejando caer una larga mirada en los ojos de Montiño.
—¡Sí, sed de vuestra boca!
—¡Oh! exclamó Dorotea.