Y de repente rechazó al joven.
—Alguien se acerca—dijo—; alzáos, alzáos.
En efecto, Juan Montiño oyó abrir una puerta inmediata y se levantó y fué á tomar su sombrero.
—No os vayáis—dijo Dorotea—, quedáos; sea quien fuere, ¿qué importa?
Abrióse la puerta y apareció un hombre con traje de soldado.
Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora.
Al ver á Juan Montiño le miró de alto abajo, y su mirada se apagó en la mirada fija del joven.
Entonces se quitó el sombrero y saludó de una manera tiesa.
Montiño no se levantó de la silla donde se había sentado antes de que llegara aquel hombre.
Dorotea le miró con una de esas miradas que quieren decir: