—Habéis llegado á mal tiempo: ¿Qué queréis?

Y como si el recién llegado hubiese comprendido aquella pregunta en aquella mirada, dijo:

—Don Rodrigo está gravemente herido, casa del duque de Lerma.

Montiño se puso levemente pálido, y fijó con ansiedad los ojos en Dorotea.

—¿Y bien?—dijo ésta—¿porqué me dais esa noticia como si se tratase de una persona muy allegada á mí?

—¡Cómo!—dijo con insolencia aquel hombre—yo creía que os importaba algo.

—Pues os habéis equivocado, Guzmán.

En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmán, el mismo á quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del cocinero mayor.

—Es singular lo que está sucediendo á don Rodrigo—dijo Guzmán—. Todos le abandonan. El duque de Lerma, sabe quiénes son los agresores, y no manda proceder contra ellos. Vos recibís la noticia como si...

—Nada me interesase, ¿no es verdad?