—Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el que ayudado de don Francisco de Quevedo...

—Os engañáis, señor mío—dijo el joven—; Juan Montiño, no ha necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra él.

—¡Ah! ¿sois vos, acaso?...

—Sí, señor, yo soy.

—¡Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aquí, me voy. Guárdeos Dios, señora. Hidalgo, hasta la vista.

Ni Dorotea ni Juan Montiño contestaron al sargento mayor, que salió.

Durante algún tiempo, Dorotea miró frente á frente y ceñuda á Juan Montiño.

—Yo creí que me engañábais—dijo con acento concentrado.

—¡Que os engañaba!

—¡Y don Francisco! ¡ah! ¡don Francisco!