—Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre—dijo con impaciencia Montiño.

—¿Y qué me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me importa sois vos... no sé por qué... pero me habéis empeñado... y nos veremos, caballero, nos veremos.

Y tras estas palabras se dirigió á la puerta de sala.

—¡Casilda!—gritó—¡Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la litera al momento.

La negra trajo á Dorotea un magnífico manto de terciopelo; la joven se puso algunas joyas, se arregló un tanto los cabellos, y salió.

Montiño se quedó solo en la sala sin saber lo que le acontecía.

Poco después asomó Quevedo á la puerta.

—De seguro—dijo—habéis cometido alguna torpeza, amigo Juan.

—No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extraño, viene de vos.

—¡Eh! acertádolo habéis; tenéis razón... he sido torpe, porque no he podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos. ¡Milagro! apuesto á que hacéis de ella una Magdalena; aunque os lo repito, estoy seguro de que habéis cometido una torpeza... seréis capaz de haberla dicho que herísteis á don Rodrigo.