—Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras.

—Vamos—dijo para sí Montiño—, he cometido una torpeza: doña Clara quiere todo el secreto y todo el provecho para sí.

—Os he llamado—dijo doña Clara—, para saber cuántas personas conocen ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Calderón cartas de la reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero que debían ser destruídas, y que lo han sido por el valor de ese caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la más leve nube delante del nombre de su majestad. ¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía esas cartas?

—Un tal Gabriel Cornejo—dijo Montiño dominado por doña Clara.

—¿Y quién es ese hombre?—dijo doña Clara poseída de un terror instintivo.

Montiño se arrepintió de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevió á contestar.

—¿Quién es ese hombre?—repitió con energía doña Clara.

—Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...—contestó tartamudeando Montiño.

—¡Un prendero del Rastro!... ¿y á tales gentes ha ido á parar un secreto de su majestad?

—¿Qué queréis, señora? don Rodrigo...