Doña Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable, dominaba al cocinero mayor.
—¿Quién me habrá metido á mí en estos enredos?—decía para sí el cocinero.
—¿Cómo sabéis vos lo de las cartas?—repitió doña Clara.
—Yo, señora... como tengo mujer... como tengo una hija...
—¿Pero qué tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija?
—Tienen... porque me obligan á pensar en ser rico...
—¿Pero no me comprendéis? ¡no os pregunto eso! ¡nada me importa eso!
—Es que, señora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo.
—Me estáis haciendo perder la paciencia.
—Estoy turbado, señora... no sé lo que me sucede... no sé lo que pasa á mi alrededor.