—Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto.
—Prometedme, señora, que alma viviente no sabrá lo que voy á deciros.
—Estad seguro de ello.
Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la señora infanta de Portugal, doña Juana; después en la del señor rey don Felipe II, luego...
—¡Pero por Dios, Montiño!
—Allá voy, allá voy... pues bien; á pesar de todo, he llegado casi á ser viejo sin ser rico... tenía, en verdad, algunos ahorrillos... pero esto no era bastante... propúseme aumentar mis ahorros poniendo dinero á ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera tenido mujer é hija...
—Adelante, adelante.
—Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de asuntos, porque vengo de buen linaje... me valí de ese Gabriel Cornejo...
—¿Y por causa de esas relaciones—dijo con impaciencia doña Clara—habéis llegado á saber...?
—Sí; sí, señora... anoche se me presentó el tal Gabriel y me dijo que una dama encubierta, con trazas de muy principal, había ido á casa de una tal María Suárez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin descubrirse pidió mil y quinientos doblones, por los cuales se darían tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina.