—¡Ah!

—Aquella misma tarde el tío Manolillo, el bufón, había ido á preguntar al tío Cornejo cuánto quería por matar á un hombre principal; y como el tío Manolillo es pariente, ó amante, ó no se sabe qué de la comedianta, y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo Calderón es un hombre principal...

—¡He aquí que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien, no importa... eso nada importa, afortunadamente... ¿el nombre de esa comedianta?—dijo doña Clara yendo á una mesa, buscando un papel, y tomando una pluma.

—Dorotea—dijo Montiño enteramente atortolado.

—Dorotea, ¿de qué?

—No tiene apellido.

—¿Es amante de don Rodrigo Calderón?

—Sí, señora... pero ocultamente...

—Esas mujeres—dijo con repugnancia doña Clara—tienen muy mala vida; si es secretamente... querida de don Rodrigo Calderón... tendrá de seguro otro amante público.

—Sí; sí, señora: el duque de Lerma.