Doña Clara escribió.
—Bien, muy bien; ¿dónde vive esa mujer?
—En la calle Ancha de San Bernardo.
—Pasemos á la otra persona. ¿Qué antecedentes son los de este tío Cornejo?
—No sé, no sé—dijo verdaderamente asustado Montiño.
—Tratándose de la honra de su majestad—dijo severamente doña Clara—, ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica; creo que os será preferible confesar ante mí que ante otra persona...
—Por último, señora—dijo Montiño sobreponiéndose á la situación—, este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su majestad media; yo me he encontrado metido en él sin saber cómo, de buena fe...
—¡Pero si yo no os acuso! sólo quiero saber...
—Pues bien, señora, acerca del tal Cornejo no sé nada.
—Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse á una audiencia; pero en España hay un tribunal que, con el mayor secreto, por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar.