—¡La Inquisición!—exclamó con terror Montiño.
—Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida, tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del rey; ya sabéis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina, porque de parte de la reina están la razón y la justicia. Fray Luis de Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general.
—Os juro, señora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando Cornejo se atrevió á indicarme que su majestad había escrito cartas de amores á don Rodrigo... le desmentí... le desmentí con toda mi alma, porque yo sé que su majestad es una santa...
—Y, sin embargo, engañado por las apariencias, habéis creído que su majestad amaba á... ese don Juan... á ese vuestro sobrino postizo...
—Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase á palacio... hice lo que debía hacer; reprendí á Cornejo... le aterré... y sabiendo que don Rodrigo Calderón llevaba sobre sí las cartas que comprometían á su majestad... llevé á mi sobrino, quiero decir, á don Juan Girón, á un lugar donde podría encontrar á don Rodrigo, y le dije:—Mátale, hijo, quítale las cartas de su majestad y llévalas á palacio, donde te llaman. Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme.
—Equivocáos siempre; llamad siempre á ese joven vuestro sobrino.
—Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y leal.
—No lo dudo... y por lo mismo debéis manteneros en vuestra honrosa lealtad, diciéndome cuanto sepáis de ese Cornejo.
—Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente.
—Podéis estar seguro de ello; pero hablad.