—Esa mujer—dijo desalentado Montiño—vive en la calle de la Priora.
—Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para?
—Preguntádselo al tío Manolillo.
—¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce?
—El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de Quevedo es amigo... de mi sobrino.
—Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño—dijo doña Clara ya con semblante más benévolo—, y nada tenéis que temer: seguid ayudándonos y nada temáis.
—¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil!
—Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero estáis inquieto, impaciente...
—Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal servido...
—Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios.