—¿Quién te ha dicho, infame—exclamó todo irritado el cocinero—que á un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno.
Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter casi las narices en la cacerola.
Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos.
Aldaba huyó dando gritos.
—¿Y quién ha sido—añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á saltar de sus órbitas—, quién ha sido el que ha dejado que un galopín haga un plato que es difícil para más de un oficial?
Todos se callaron.
—Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo que hiciera ese capón—exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el galopín Aldaba.
—¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados, ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad?
—Del señor duque de Lerma—dijo una voz detrás de Montiño.
Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una carta.