Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía:
«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.—El duque de Lerma.
—Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la cocina—dijo al lacayo.
—Tengo orden de no irme sin vos.
—Pues no quiero ir.
—Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta.
El cocinero la tomó y la abrió.
«De orden del rey—decía—y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de traición, seguiréis al portador.—El duque de Lerma.»
—Vamos—dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada, arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una mirada desesperada á la hornilla.
Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma.