Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo.
—No se puede pasar—le dijo.
—¡Eh! ¿Qué sabéis vos?—dijo el tío Manolillo—; yo no paso, me quedo.
—El rey...
—¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se dice... déjame entrar ó te entro.
Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina y se entró con él en la cámara real.
—Hermano Felipe—dijo al rey—, aquí te traigo á éste para que le castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la locura no entre en la cámara del rey!
—Idos, Bustamente—dijo el rey al sumiller—. Ven acá, Manolillo. El señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.
Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente á la mesa donde almorzaba el rey.
—Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me perezco de hambre.