Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia del rey.
—Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa necesitado de vos, no como rey.
—Vuestra majestad puede mandarme siempre.
—No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la vida...
—A vuestra majestad.
—Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más leal vasallo.
—Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...
—El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana, me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo sabéis.
La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.
La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor, desprevenida, á una entrevista particular con el rey.