La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación mejor que el silencio.
Alentado con este silencio, el rey añadió:
—Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de la reina, para impedirme mi libre trato con ella.
—Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.
—Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen.
—Podrá suceder—respondió la duquesa con intención—, si las paredes de la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese.
Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta.
Sea como fuere—dijo el rey—, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.
—Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...
—No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más: extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á recibirme de todo punto.