Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó.
—¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?—dijo el rey, en el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia—; estáis como asustada...
—En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me ocurre nada...
—Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía—insistió el rey con un tanto de aspereza—; preciso... yo no contaba con encontrar á nadie, porque el papel que me han dejado decía...
—¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!
—¡Qué! ¿no os he contado...?
—Vuestra majestad me ha dicho...
—Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. Pero... os exijo el más profundo secreto—exclamó interrumpiéndose y con una gravedad, verdaderamente regia, el rey.
—¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!
—¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...