—Sí, era ella, señor—dijo el bufón tratando por la primera vez al rey con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne de aquel recuerdo—; era ella, que nació, la desventurada, en las primeras horas del día de santa Dorotea.
El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento.
Luego la alzó y continuó:
—A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida, llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal.
—Es una niña—dijo el hombre.
—¡Oh!—exclamó la mujer llorando—, ¿y no tener quien me ayude? ¡no tener un mal trapo en que envolver á este ángel!
—¿Y para qué?—dijo el hombre—; voy á envolverla en mi capa y á llevarla á la puerta de un convento.
—¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis padres!—dijo la mujer sollozando.
Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la mujer que gritaba:
—¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija!