El rey miraba con espanto al tío Manolillo.
—No te conozco—le dijo.
—Tienes razón, hermano Felipe—dijo el bufón—, porque ahora estoy loco.
—Decidme—dijo el padre Aliaga—, ¿de quién es hija esa desgraciada?
—Un día—dijo el tío Manolillo—, por mejor decir, una noche... estaba yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados, arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de invocaciones á la Madre de Dios.
El rey había dejado de comer y escuchaba con atención.
El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente al tío Manolillo.
El bufón estaba pálido y conmovido.
—Aquellos gritos—continuó el bufón—cesaron, y tras ellos oí el llanto de una criatura recién nacida.
—¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?—dijo el rey.