—¿Y confiesas el delito delante del rey?—dijo severamente Felipe III.
—En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella?
—¿Pero aquel hombre murió?—dijo profundamente el padre Aliaga.
—No lo sé—contestó el bufón—; yo no me detuve más que á recoger la criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad.
Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca, pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre?
—No.
—¿Pues por qué me preguntáis por ella?
—Continuad.
—Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita.
—¡Margarita!—exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido.