—¡Se llamaba Margarita!—observó maquinalmente el rey.

—Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último, la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir.

El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.

—Algunas veces—continuó el bufón—, cuando yo la preguntaba el nombre de sus padres, me decía:

—No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido.

—¿Y quién es Luis?—le preguntaba yo.

—¡Luis! Luis era mi hermano—me contestaba la infeliz con dulzura—; él me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis!

—¿Y qué ha sido de esa desdichada?—dijo el padre Aliaga, cubriéndose los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la revelación de aquel llanto que aparecía en su voz.

—Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir, porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al infame asesino de Margarita?

—¡No! ¡no!—dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.