—Yo te indulto de esa muerte, Manuel—dijo el rey—; yo Felipe de Austria, rey de las Españas.

—¡Y yo—dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había quedado de rodillas—: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo!

—¡Amén!—dijo con una profunda unción religiosa Felipe III.

...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.

—¡Ah!—dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular—: vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre Aliaga.

Hubo un momento de silencio.

El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una copa.

El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.

El rey oraba.