El bufón se bebió de un trago la copa.

—Ahora bien—dijo—, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella?

—Basta, basta—dijo el padre Aliaga—; me siento malo, y con la venia de vuestra majestad me retiro.

—Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios—dijo el rey.

—Os espero esta tarde en el convento de Atocha—dijo el padre Aliaga al bufón.

—Iré—dijo el tío Manolillo.

El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey.

Después salió.

—¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!—dijo el rey.

—Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte.