—¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces otro hombre?—dijo el rey.
—¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza. ¡Peor para ti!
—Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.
—¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú tienes corazón.
—¡Que me herirán en el corazón!
—¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!...
—¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!—exclamó el rey con una llamarada de firmeza.
—¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo—; no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que te metas con mi Dorotea, porque...
—¿Por qué?
—Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su excelencia te divertiría muy poco: adiós.