Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor.

El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro.

—¿Conque al fin?—dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á doña Clara.

—¿Qué queréis decir?—contestó la joven.

—Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una piedra durísima todo el invierno.

—Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me habláseis con formalidad.

—Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo.

-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba.

—En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío.

—Si volvéis con ese enojoso asunto...—dijo severamente doña Clara.