—Es verdad—repuso el bufón interrumpiéndola—que, olvidándome de quien soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey mi señor, una gargantilla y un billete.
—Por lo mal parado que entonces salísteis...
—Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...
—¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?
—Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.
—Acabaréis por impacientarme, Manuel.
—Yo creo que estáis ya bastante impacientada.
—Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto.
—Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores.
Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.