—No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en vuestros labios.
—No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco?
—¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.
—Quedad con Dios, señora.
Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus últimas palabras.
—¿Por qué me trata así ese miserable?—se quedó murmurando doña Clara.
Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala:
—Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh, oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida que Dorotea.
La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría.
Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón.