—Sí, señor; eso dicen los de la cámara de su alteza.
—¿Y quién es la persona destinada á juzgar del mérito de esas composiciones?
—Una dama muy matronaza, muy hermosaza, á quien suele ver su alteza en la comedia y en el Buen Retiro; que recoge á su alteza entero en la mirada de sus grandes ojazos negros.
—¿Y quién es esa mujer?
—No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de Amaniel con una dueña y un escudero, y la visita mucho el duque de Uceda.
—¿Y no la visita nadie más?
—Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre.
—¿Y quién es ese hombre? Me hacéis preguntar demasiado, Montiño; si no bastan los maravedises que os doy para que estéis bien servido, pedidme más. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien á su majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera de palacio pueda también convenir.
—Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán.
—¡Don Juan de Guzmán! Don Rodrigo Calderón me habló por él; me ponderó lo útiles que podían ser servicios, y en dos años le hemos hecho capitán, y después sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo, ya maduro...