—Que un personaje, un altísimo personaje, la conoce y la ama.
—Puede creer que ese personaje es su majestad.
—No importa: si ella lo supusiese...
—Niego...
—No, no negáis... Será bien que vayáis vos en persona: en vez de negar, afectaréis como que la hacéis una gran confianza, y la diréis: su majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere que nadie, ni vos misma, sepáis que os ama... que os visita... Su majestad vendrá á veros, y le recibiréis sin luz: debéis ser muy prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por asomo que le conocéis.
—¿Pero y si esa dama se negase á recibirme?
—¿No decís que tiene dueña?
—Sí, señor.
—Pues bien; tomad para la dueña.
El duque abrió otro cajón, sacó de él algunas monedas de oro, y las puso formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado de Montiño.