El cocinero miró con codicia el oro; pero no le tocó.

—Guardad eso—le dijo el duque—, y además... me olvidaba... tomad.

Y el duque sacó una cajita de terciopelo, la abrió, y dejó ver dentro una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro.

—¡Ah, señor!—exclamó trémulo de alegría el cocinero—; ¿me da vuecencia el hábito de Santiago?

—¿Y para qué le queréis vos? ¿para que no os atreváis á entrar en la cocina, por temor de que se os manche la cruz?

Cayó dolorosamente despeñado de lo alto de su vanidad Montiño.

—¿Pues para quién, señor, es ese hábito?—dijo con un sarcasmo mal encubierto—; ¿acaso para la aventurera con quien entretiene al príncipe el duque de Uceda?

—Para esa el collar de perlas, y más que fuere menester; esta cruz es para otra persona. ¿No conocéis á alguien que se haya hecho recientemente merecedor del hábito?

—Confieso á vuecencia que no.

—Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse público, no le pagaría tan barato; sería cosa de titular á quien le ha hecho: ha salvado á su majestad.