—Nada tiene eso de extraño.

—Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno será también que vuecencia sepa, que poco después entraba en el convento don Francisco de Quevedo.

—¡Ah! ¡ah! ¿y en el convento, no en la iglesia?

—La señora condesa entró por la puerta de los locutorios, y por aquella misma puerta poco después don Francisco.

El duque de Lerma escribió rápidamente una carta, la cerró, y escribió sobre la nema.

«A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales—. Del duque de Lerma—. En propia mano.»

—Id, id, Montiño—dijo el duque—; id, llevad esa carta al momento á su destino, y traedme la contestación.

Montiño salió casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su excelencia se quedó murmurando:

—¿Qué habrán ido á hacer mi hija y Quevedo á las Descalzas reales?

CAPÍTULO XXII