Esta manía de las fundaciones religiosas, á más de la piedad, tenía un objeto más egoísta: el de hacerse una ostentosa sepultura para sí y para su familia en una fundación.
Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no podía tanto, una iglesia; el que podía menos, una ermita; por último, el que no podía fundar nada, hacía donaciones á los conventos y á las iglesias, á fin de asegurar á su alma sufragios perpetuos.
De ahí la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades.
De ahí esa costra de frailes y de monjas que se extendió sobre España, cuya influencia fué incontrastable, que hizo decir á los extranjeros que España era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos aún completamente de encima.
En la Edad Media España era un castillo.
Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron conventos.
No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas con su guión y su cruz.
Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y oprimían al pueblo en la Edad Media.
En el siglo XVII sofocaban al trono rodeándole de frailes, y con esos mismos frailes embrutecían al pueblo.
Duraba el privilegio, crecía, se desbordaba.