—No; no, señora: apenas tenemos convento: será necesario ensancharlo: no cabemos.

—¡Bendito sea Dios!

—¿Piensa vuecencia traernos alguna novicia ó alguna educanda?

—No, no por cierto.

La condesa, que estaba profundamente preocupada, calló.

La tornera calló también por respeto.

—Madre Ignacia—dijo doña Catalina—, no me hagáis visita; de seguro estáis haciendo falta fuera.

—En verdad, señora, que ese torno no para en todo el día; pero no importa: allí he dejado á sor Asunción.

—Id, id, y por mí no faltéis á vuestra obligación, ni molestéis á nadie. Tengo además mucho en qué pensar, y no me pesaría estar sola.

La tornera se inclinó profundamente y salió.