—¡Ah, don Francisco... don Francisco!..., ¿no me prometísteis anoche que me dejaríais venir á encastillarme contra vos?
—Sí, es cierto; pero no lo prometí yo.
—¿Pues quién fué?
—Mi amor impaciente.
—¿Pero en tan poco me estimáis, que viendo que huyo de vos queréis aún comprometerme?
—Recuerdo que en la galería obscura me ofrecísteis vuestra casa.
—Tenía á obscuras la razón; no sabía lo que me acontecía.
—¿Pero no me amáis?
—¡Ay!... ¡sí!...—exclamó doña Catalina tendiendo lánguidamente su mano y de una manera instintiva á Quevedo.
—¡Ah!—exclamó Quevedo, apoderándose de aquella mano—; ¡y cómo me da la vida vuestro amor!