—Sentémonos—dijo Quevedo con gran calma.
Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia de Quevedo.
—Vos no me conocéis—dijo—, no lo extraño; vos habéis vivido siempre muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en él, aun cuando he estado preso.
Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de disgusto y de contrariedad.
—Y digo preso—continuó Quevedo como contestando á aquella expresión—, porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé qué torre, y autor de no sé qué libros.
—¡Ah!—exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa—: ¿y para qué me buscáis, caballero?
—Primero he buscado á vuestra noble prima.
—¿Y para qué?
—Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad.
-¡Ah!